¡Aunque lo duden!

miércoles, 9 de julio de 2008

 

Todos hemos tenido la experiencia de comprar algún producto, como por ejemplo un carro o una medicina. En el ejemplo del carro, si es usado, de lo único que podemos estar seguros es de que el vendedor no nos mostrará todas las fallas, y hacemos preguntas capciosas como “¿le cambiaste las llantas por unas más viejas?” o “¿porqué está el motor recién lavado?”, etc. ¿Porqué no confiamos en el actual dueño y compramos sin regatear? Simple, porque no confiamos en él y además, no pretendemos confiar en él. Así vivimos la mayoría de nuestras decisiones, evaluando, comparando, a veces asta investigamos si lo que vamos a comprar nos conviene o no, o al menos leemos la Información Nutrimental. Si nos gusta mucho el carro y desconfiamos del vendedor, lo llevamos a con un mecánico de nuestra confianza (si es que existe un mecánico con esa característica), y ahí pueden terminar nuestras dudas. O podría pasar que aceptamos la buena opinión del mecánico simplemente porque nos gusta mucho el carro y escuchamos las opiniones a favor porque eso es lo que queremos oír.
En el ejemplo de la medicina es más complicado para la mayoría de las personas. Se supone que la compramos por prescripción de un medico, alguien que estudió medicina por muchos años y que sabe de lo que habla. Así que, la compramos tal y como nos dijo el experto (aunque muchos fallan aquí y compran algo parecido y más barato). Pero en algunos casos, los pacientes cuestionamos al medico en la forma en que debe funcionar la medicina, o si se puede sustituir, incluso preguntamos a otro medico y consultamos los efectos químicos de la medicina en Internet.
La cuestión es, que somos incrédulos en muchas acciones de nuestra vida, dudamos a quien dar limosna y a quien no, dudamos de quien se acerca y nos saluda, de quien nos pide que le cuidemos el lugar en la fila, de quien nos pregunta si queremos un aventón, etcétera, etcétera, etcétera. Somos desconfiados por naturaleza, porque nos puede costar un poco de dinero, la salud o la vida misma. A veces dudamos hasta de nuestra memoria y hacemos una lista de compras. No lo duden, todos somos desconfiados.
Solo en una cosa nos creemos lo que nos dicen los demás, lo que vemos en un video, o lo que vemos u oímos en el miedo de la oscuridad (o soledad) o cerca de despertar o de dormir. Creemos todo cuanto se trate de algo sobrenatural, queremos ser parte de la historia y aseguramos que algo así nos ha pasado. Incluso hay sectas que sienten a dios en sus rituales y ufólogos que ven extraterrestres en su propia casa.
Nunca nos preguntamos porque esos fenómenos los experimentan personas durante la noche, cuando nuestros sentidos no funcionan de la mejor manera, o cuando están despertando o casi dormidos. Le llamamos destino a un conjunto de casualidades que se dan en nuestra vida, encontramos señales porque las queremos encontrar y hacemos conteo de detalles en los que queremos creer, y no lo hacemos con la inmensa mayoría de “no señales” que suceden a diario.
¿Que también en esos temas hay expertos? Si, si los hay. Pero el verdadero afectado es uno mismo, tal y como al tomarse la medicina o al chocar con un carro que fallaba en sus baleros. Y como el afectado es uno mismo, pues uno mismo debe constatar, investigar, preguntar, comparar y evaluar dudando incluso de lo que dijo mamá, papá, el padrecito, el pastor o el mismísimo papa Nazinger (o Ratzinger).
¿No tienen dudas? Esta bien, sigan haciendo lo que dice “el que sabe”, sigan dejando su vida en manos de personas que actúan en beneficio propio, ¿no es así?, ¿ya lo corroboraron? Aceptemos que el ser humano es desconfiado, que dudamos de todo menos de lo que nos gusta creer para sentirnos parte de algo. Somos todos más escépticos que creyentes.

3 comentarios:

Juan Carlos Bujanda Benitez dijo...

Buena entrada Cesar, se nota la influencia de Sagan.

Saludos.

TheJab dijo...

¿Será que en promedio somos 'incrédulos moderados'?

Christian dijo...

Cierto, practicamos el escepticismo a diario; pero muchas veces la necesidad de creer proviene de la intensa necesidad de pertenencia.

"Nazinger", mmm... listo, nuevo apodo apuntado.